El dereclio a.
la diversión.
Algunos redactores de pe¬
riódicos y revistas han carga¬
do la mano contra nuestros
inocentes pin-balls. U n o de
los argumentos que utilizan
es el de que son aparatos pa¬
ra distraerse y que no produ¬
cen ningún beneficio a la so¬
ciedad.
Señores, distraerse es uno
de los derechos inalineables
del hombre, y si desaparecie¬
ran todos los entretenimien¬
tos, ¿qué sería del deporte,
los toros, la televisión y tan¬
tas y tantas cosas que para
eso, distraerse, los hombres
civilizados han creado?
Desde luego, en la selva las
distracciones son otras.
Beneficios
nia>x*giiia,les
Existen, raros, pero existen,
algunos propietarios de bares
o cafeterías que no admiten
sus locales tocadiscos o
^n-balls, basándose en que el
^neficio es pequeño. No se
han percatado que no es sólo
®1 beneficio obtenido en el
Monedero del aparato el que
.
® sino el atractivo que
Significa para su local, y que
Se traduce en mayor asistencia
* clientela.
Sabemos, y esto es histórí-
wi bar en Tetuán de las
Victorias que rechazó un to¬
cadiscos por que sólo había
recaudado 1.500 pesetas en un
mes. Sin embargo, se pudo
demostrar q u e el mostrador
había casi triplicado la venta.
Naturalmente, el t o c a d i s -
eos sigue allí.
Pixi-Ba^lls y
Televisión.
No tenemos nada que ob¬
jetar contra los aparatos de
televisión en bares y cafete¬
rías, pues creemos que ambos
aparatos son compatibles, pe¬
ro sabemos de propietarios
de locales q u e no compran
pin-balls porque tienen tele¬
visión.
Si ustedes compran un te¬
levisor para atraer clientela,
sin posibilidades de amortiza¬
ción, es lógico que un pin-
ball, que no es incompatible
con el televisor, que atrae
clientela y que se amortiza
solo y después da dinero, re-
sulte bastante interesante.
¿No creen?
• Q UG S© ©©>11®
esa.
Al lado de la barra del bar
había un pin-ball en el que
un mozalbete se entrete¬
nía dándole a las bolas. To¬
dos sabemos el ruido carac¬
terístico que en este aparato
se produce cuando al echar
las monedas y volver las bo¬
las al elevador se ponen los
contadores a cero.
Un complacido espectador
gritó, refiriéndose al pin-ball:
¡Qué se calle esa chicharra!
La ovación inmediata y a
continuación la rechifla fue¬
ron unánimes, y la pobre ar¬
tista tuvo que hacer mutis...
La. habilidad, de
los muchachos
Algunos chavales, jugando
al pin-ball, se las saben todas.
Un popular dueño de sa¬
lón de juego ha querido lle¬
gar a un acuerdo con uno de
estos expertos. La proposición
ha sido que juegue diariamen¬
te tres partidas gratis en la o
las máquinas que quiera, y
que luego se largue. El cha¬
val ha hecho una contra-ofer¬
ta de diez partidas y está es¬
perando la contestación.
*
*
*
cliicliarra!
En un café cantante del Pa¬
ralelo de Barcelona una semi-
artista berreaba lo suyo ante
la paciente escucha de un no
muy numeroso auditorio.
Las anécdotas que nos en¬
víen los lectores sobre má¬
quinas automáticas serán pu¬
blicadas en esta sección de la
Revista.
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