UN GOLPE
FRANCO
Dos famosos jugadores de fútbol
se entretenían con un futbolín. Uno
de ellos disparó con tal fuerza la
pelota, que ésta fue a caer en el
generoso escote de una dama que
tomaba café en una mesa cercana.
Se produjo un momentáneo azo-
ramiento y después una irreprimible
explosión de risas.
El caballero que acompañaba a
la dama, más por las risas que por
el incidente, se vio en la obliga¬
ción de hacer algo: Se levantó y
dio una bofetada al “famoso”.
Alguien comentó: “Eso se llama
un golpe franco...”
EL PESIMISTA Y
EL OPTIMISTA
En un lugar de la Mancha..., y
Dios sabe que no queremos imitar
al manco de Lepanto, un agente
vendedor de máquinas pin-balls ob¬
tuvo un fracaso rotundo al telegra¬
fiar a su empresa: “Imposible ven¬
der, aquí no hay ni una máquina.
La empresa, sin decirle nada del
punto de vista expresado por el an¬
terior agente, mandó a otro mas
optimista, quien telegrafió:
Nego¬
cio formidable; manden un camión
lleno de máquinas. Aquí no hay ni
una.”
FRENTE AL
MERCADO DE PESCADO
Entre los descargadores del ma¬
drileño mercado del pescado, junto
a la Puerta de Toledo, cunde cada
vez más la afición a jugar en un
pin-ball que hay en un bar cer¬
cano.
El propietario del aparato llamó
al mecánico solicitando la repara¬
ción de una avería. El operario ob-
s^vó que el cristal de la tapa estaba
roto y las dos patas delanteras to¬
talmente torcidas.
Al preguntar cómo había ocurri¬
do aquello, el propietario contestó:
“Ha sido el Manolo.” Un hombre
de casi dos metros de altura, con
anchura de pecho y espaldas que
para sí quisieran los “duros” de
la televisión, dijo: “Sí, he sido yo;
y no me importa pagar mil pesetas,
pero la bola ha ido una vez por
donde yo he querido...”
EL PIN-BALL Y
LA PUNTUALIDAD
escolar
poraran a la clase cuando tocába¬
mos la campana del comienzo. Aho¬
ra mando al bedel a este salón y
todos llegan a su hora...
SENSIBILIDAD
admirativa
En una playa mediterránea, una
hermosa mujer, un ejemplar sober¬
bio, extranjera por más señas, se
acerca a la barra de un bar junto
a la arena, vistiendo, si a eso se
le puede llamar vestir, un mengua-
dísimo bikini.
Los dependientes y la clientela
quedan asombrados, silenciosos, pas¬
mados y, por casualidad, un toca¬
discos que estaba desgranando una
canción se para en ese instante.
Alguien dijo: “iQué bárbaro!
Este tocadiscos tiene sensibilidad
admirativa...”
Frente a uno de los colegios más
concurridos de cierta ciudad, un sa¬
gaz explotador montó una sala de
UN MADRILEÑO
CASTIZO
juego.
En un pueblo de la sierra ma¬
drileña, en uno de esos bares im¬
provisados que proliferan en sitios
estratégicos, había un pin-ball que
na paraba un instante. Rodeado de
niños, mayores, mujeres, no había
terminado una partida, cuando ya
había cinco personas dispuestas a
darle a las bolas.
Hace unos días recibió la visita
del director de la escuela, quien le
expresó su gratitud por haber ins¬
talado allí el salón.
Extrañado, y pensando en que el
tal director hablaba irónicamente,
le preguntó: “¿Por qué me da us¬
ted las gracias?”
—Pues muy sencillo—contestó el
director—; porque antes de que
usted pusiera el salón era práctica¬
mente imposible avisar a los dise¬
minados alumnos para que se incor¬
El dueño, un madrileño cien por
cien, que se veía y deseaba para
despachar al aluvión de bebidas que
le solicitaban, dijo en voz alta: “Es-
tov más cansao que el pin-ball.”
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