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Issue: 1965-November - Ano 1 Num 6

se hace retroceder a la automación ciento setenta
años. ¿Por qué detenerme en el camino?
En el siglo xvii Amontons utilizó la fuerza
elástica del aire caliente para elevar el agua sin
tener—decía él—la pérdida o debilitación de los
caballos. ¿Motivo de dinero o motivo piadoso?
Poco importa. En beneficio del hombre y de su
más noble compañero, Amontons “automatiza¬
ba” ya. ¿La automación una revolución? Enton¬
ces las revoluciones largan velas y tardan dos
siglos en cumplirse.
ACCION POR PEQUEÑOS TOQUES
PRIMO: LEJANAS ASCENDENCIAS
¿Dónde, pues, encontrar en la automación la
brusquedad, el estallido explosivo que justifique,
tratándose de ella, que se pensó en una revolu¬
ción? La mecanización la ha precedido sin que
entre ellas exista frontera neta. En 1870, Privat-
Deschanel, en su diccionario, escribía ya en el
artículo “Máquinas” que, vpese a su débil ren¬
dimiento, “estos aparatos (las máquinas) son de
una inmensa ayuda para las artes y la industria,
porque permiten sustituir la fuerza inteligente y
dispendiosa del hombre por fuerzas de poco va¬
lor”. ¿No era esto dar para la mecanización una
definición que mucha gente aceptaría hoy para
la automación? Estas dos fases de la historia
industrial se suceden, pues, sin interrupción, y el
origen de la automación llega tan lejos como el
de la mecanización, con la cual se confunde.
La definición forjada por la Academia es, se¬
guramente, más completa que la de Privat-Des-
chanel, pero tiene los mismos puntos de vista.
Incluye en la automación todas las acciones, sea
cualquiera la época en que tuvieran lugar, que
han disminuido el concurso del hombre en una
operación informacional o material. ¿Se me ne¬
garía convenir que el telégrafo óptico de Chappe,
anunciando a la Convención la victoria de Du-
naouriez, “automatizaba” la operación informa¬
cional del corredor de Marathón? He aquí que
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Para que se asemejase a una revolución, sería
preciso que la automación hubiese producido un
cambio profundo de los métodos en acción an-
teriores a ella. Pero costaría, trabajo poner de
manifiesto este cambio que, en realidad, no ha
existido. Es cierto que, hace una decena de años,
y en ciertos países, se lanzaron ciertos clarina-
zos sobre automaciones pretendidas totales que
habrían arrojado al mercado objetos fabricados
en todas sus piezas por plantas mecánicas sin el
concurso de ningún obrero. Si estas afirmacio¬
nes tuviesen alguna correspondencia con la rea¬
lidad, que no sean algunos ensayos desastrosos,
se habría podido ver con razón una revolución.
Pero en verdad, sería preciso cerrar los ojos para
no eonvenir que, en los países en los que la in¬
dustria existe desde hace mucho tiempo y se ha
desarrollado fuertemente, la automación es siem¬
pre en la práctica fraccionada y parcial. Es algo
excepcional que se reemplace a la industria por
nuevos grandes conjuntos en plena actividad.
Cambios tan radicales son siempre los factores
económicos los que los provocan: por ejernplo,
el agotamiento de las fuentes de materias primas
o su empobrecimiento relativo, o incluso la in¬
troducción de nuevas formas de energía, en una
palabra, un trastorno de los datos de base. Pero
la automaeión casi nunca sigue imperativos de
esta naturaleza; en la gran mayoría de los casos
no hace más que crecer donde ya existía y solo
se trata de añadidos. Estos pueden incluso ser
mínimos y frecuentemente repetidos; el talento
del director sólo consiste en distinguir en cada
momento los que se imponen como mas opoi-
tunos. Más que del estallido repentino de una
revolución, esta velocidad de marcha de la auto
macion en los sectores altamente industria iza
dos evoca la idea de una evolución progresM^
que liga sus pasos a un hilo continuo como
cuentas de un rosario.
SECUNDO:
BENEFICA PROMOCION
Tras de este Primo, que a mi me
rentorio, ¿qué necesidad tengo de un Secu
/No CwSlü fclllcldci \'d Crinan? D
ístá anunciado, y sobrrtnH ™
combatir un prejuicio detestaw/
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aun
por favor-destruir algo espantoso, más
desprovisto de consistencia
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It, Hool''
que de nocividad:
oí de la clase obrera sacrificada por la automa-
Clon. Como era de esperar pc
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,
esperar, es preciso que toda
revolución encuentre su Ifigenia. En nuestro ca¬
so, sena la clase obrera la que desempeñaría este
papel. Pero no se trata de una clase sumisa y
el . mal estaría en que,
tomando
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01-1 lu
Cilla
en serio
esta
quimera, se pronunciase preventivamente contra
la automación. Aquí está el interés del debate.
Abordémoslo por una vuelta a la historia de
estos últimos tiempos. Desde la decena de anos
en los que se alzo a la automación al ran'^o de
revolución fulgurante, habría tenido tiempo de
colpear profundamente al proletariado si en ver¬
dad hubiera tenido la vocación de desarrollarse
a sus expensas. ¿Pero dónde están las victimes?
Pasemos revista a algunos conflictos sociales re¬
cientes producidos en Francia. Vienen a la me¬
moria Decazeville, las cuencas hulleras del Nor¬
te, las minas del Este, Saint-Nazaire... y, sobre
todas las causas, la insuficiencia de un yacimien¬
to, la concurrencia irresistible del petróleo, el
descubrimiento en ultramar de ricos rninerales
de hierro, la crisis de los transportes marítimos...
En vano se busca la automación. Los hechos la
absuelven. Incluso puede que en algunos casos
hubiese atenuado los dramas si hubiera sido
puesta en marcha a su debido tiempo.
La verdad es que, en la mayor parte de los
casos, la automación florece ‘en épocas de expan¬
sión económica. Y es bueno que ocurra asi, por¬
sanamente preparada, produce sobre to o,
que.
en lugar de despidos,
mSls que se dirige de las ao^-dadesjura-
mente manuales a otras mas cere
se enriquecen mientras
.
P
evi¬
tar todas—la comunidad interesada soporta
Sso sin q'ue una minoría obrera sea la víctima
privilegiada. Sin duda, la manera
ción es siempre conducida con
no hay derecho a esperar a aue
,
caballo de sangre se monta sin 5^P,
‘ A^Un
Corres-
' j
ponde a los centros
a los
nomía mixta el dar, con este fm, ^onse)Os a los
usuarios y hacer comprender
1
,
nificar una amenaza para la clase o^rer^
auto-
_
mación está abocada a favorecer a.
t,p ^efe-
tro la definición académica a la que me he r
rido varias veces. Según ella, v para terminar,
la automación, a menos que deje de ser lo que
es, está destinada a producir un progreso técni¬
co, económico y social. La automación perdería
su eficacia y su sentido si dirigiese a los obreros
contra ella.
i
TIEMPO DE TERMINAR
No hagamos caso, pues, de las afirmaciones
que solamente son chismes lanzados sin base
concreta. Dos fantasmas que ciertamente no se
refuerzan, sino que acusan mutuamente su irrea¬
lidad. Condenemos como solidariamente fá’sos
la atribución de caracteres revolucionarios a la
automación y la idea de que la clase obrera deb"
ser la víctima inevitable. ¿La automación una
revolución? No. ¿La revolución del siglo? Me¬
nos aún: algo más serio y mucho más intere¬
sante que eso. La cahficación de revolucionaria
sólo produce efecto entre el gran público; los
técnicos avisados desconfían, por el contrario,
de lo que ello implica de excesivo y de lo que
presagia costosas alteraciones. Al no ser ura
revolución, a la automación hay que identificar¬
la con una evolución continua cuyo origen se en¬
cuentra muy lejos y que en la actualidad conti¬
núa su marcha, sin que se pueda vislumbrar su
fin tan pronto... y puede ser que nunca. ¿No la
liga usted a la electrónica?, preguntará alguien.
Seguramente que no; algunas de sus realizacio¬
nes modernas, sin dar de lado a la electrónica,
dan la preponderancia a la pneumática, al mag¬
netismo, a la óptica y a otras disciplinas. Apor¬
tan sobre todo un perentorio ejemplo de la po¬
tencia que confiere una alianza íntima de técni¬
cas muy equivocadamente separadas en el pa¬
sado.
Yo me represento a la automación como uno
de los canales múltiples, largos y continuos, a
veces amplios, otras estrechos, por donde circula
el nrogreso técnico—¿qué digo?—el progreso
del hombre como ser total, porque la automación
inclmi'e “operaciones diversas, informativas o ma¬
teriales, particularmente científicas, industriales
o administrativas”. También la veo. si se prefie¬
re, como un viejo v precioso útil del hombre que
lentamente lo ha pulido mediante el uso y hov
le ha dado una magnífica pátina. La automación
le ha servido v le servirá aún para alejarse del
ejercicio directo de su fuerza muscular, en lo
que era inferior a los animales. Le ayuda a levan¬
tarse cada vez más alto v, poco a poco, le hace
conquistar un grandioso dominio sobre el mundo
material.
Pero no exageremos:
un dominio todavía, y
siempre, limitado...
A. LEAUTE
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